Mis abuelos amaban el fútbol


Mis abuelos amaban el fútbol.
Dionisio fue presidente del C.P. Cacereño. Recuerdo la emoción que sentí al encontrar un boletín del club de los años noventa en el que le hacían una entrevista y repasaba los años que había dedicado a la entidad y cómo ya no lo seguía por los disgustos que se llevaba.
Raimundo fue socio del A.D. Mérida durante toda su vida. Lo sigo viendo en su sillón, con la televisión encendida y el transistor pegado a la oreja, copiando, con letra pulcra y redonda, la quiniela de cada jornada. Me llevó a ver el Mérida-Atlético de Madrid cuando el equipo subió a Primera. Y también estuvimos juntos en el palco del Cacereño durante el minuto de silencio que dedicaron a Dionisio, su viejo amigo.
A mí no me gusta el fútbol. El juego en sí me aburre; nunca he terminado de cogerle la gracia. Tampoco me gusta casi todo lo que lo rodea: el vergonzoso comportamiento que a menudo se ve en las categorías inferiores, la pornográfica economía que mueve, la normalización de insultos y expresiones que, en cualquier otro contexto, resultarían inadmisibles.
Y, sin embargo, admiro —aunque no la comparta— la intensidad con la que tantos lo viven. Yo no soy capaz. No sé si el fútbol es una forma de escapar del mundo o, por el contrario, una manera de habitar por completo el presente.
Sea como sea, hay algo que lo vuelve sagrado para mí. Mis abuelos, Dionisio y Raimundo, hombres inteligentes, trabajadores, sabios y sensibles, lo amaban. Y eso basta para que yo lo mire con un respeto que nunca le habría concedido por mí mismo. Por eso el domingo me acordé de ellos. Y, también, por ellos, fui feliz.

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