Reseño 'La lentitud de los bueyes' y 'Memoria de la nieve' de Julio Llamazares (Ed. Cátedra), en Paraíso
J. LLAMAZARES (2024).
LA LENTITUD DE LOS BUEYES. MEMORIA DE LA NIEVE
MADRID: EDICIONES CÁTEDRA, LETRAS HISPÁNICAS 906.
DIONISIO LÓPEZ
La canonizadora editorial Cátedra ha decidido incluir en su catálogo de Letras Hispánicas los dos libros de poemas de Julio Llamazares, La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982), algo que ya había hecho con tres de sus novelas, lo que le consolida como uno de los autores fundamentales de nuestro tiempo. Lo hace con una introducción y un amplio cuerpo de notas de Ricardo Molina Gil que platea un recorrido esclarecedor y profundo sobre las claves fundamentales de estos dos libros fundacionales en la carrera literaria del autor. La cubierta, elegante, como nos tiene acostumbrados esta célebre editorial, presenta una hermosa y sencilla fotografía de José Manuel Navia donde un árbol oscuro y solitario aguarda en mitad de un paisaje infinito y blanco (no he podido evitar acordarme de aquellos versos de Jesús Delgado Valhondo: «En medio del paisaje / en la llanura / trémulo de emoción / un árbol solo.»).
Los dos libros, el primero de veinte poemas y el segundo de treinta, bien podrían ser uno solo por el mundo simbólico y en ritmo que imponen, lo que les dota de una consistente unidad que no sería difícil ampliar a algunas de las novelas de Llamazares como La lluvia amarilla o Escenas del cine mudo, pues en toda su obra se advierte esa forma poética de mirar, como el propio autor ha reconocido en alguna ocasión.
Dejando a un lado la obviedad de que cuarenta años no son nada en el devenir de la historia del arte, sí nos parece pertinente explicar por qué hablar ahora, cuatro décadas después de su primera edición, de estos libros, ¿por qué rescatarlos del laberinto borgiano de novedades?
Quizás porque en pocos poemas actuales se advierte una ambición o una necesidad tan profunda de simbolizar la esencia humana, sus principios constituyentes con independencia de cualquier condicionante temporal. Siento que la lectura de estos cincuenta poemas conmueve al lector de hoy de la misma manera que lo hacía cuando fueron escritos y esto es algo que muy posiblemente no va a ocurrir con la mayoría de las obras contemporáneas que, como me recuerda siempre un buen amigo poeta, no van a sobrevivir a sus autores; poemas, los de hoy, tan pendientes a referentes del momento, a las circunstancias biográficas del autor, a movimientos ideológicas, que es poco probable que mantengan su emoción cuando esos elementos contextuales varíen.
Frente a esa temporalidad, Llamazares nos presenta un vagar por una tierra mítica y abismal, una tierra en el precipicio de la extinción donde el paisaje montañés reconocible se llena de imágenes que surgen directamente de la impresión, de la institución poética, alejándose de cualquier filtro cultural: «En un zarzal lejano anida un pájaro de aceite que nace con el día. Siento su sed granate algunas veces». La sed es granate y el pájaro es de aceite. Un paisaje habitado por personajes igualmente míticos -vagabundos, antiguos guerreros, contrabandistas, montañeros, bardos, alfareros…- y al fondo, la silueta lenta y terriblemente simbólica, resumen quizás de toda su obra, del buey. El buey como bestia pretérita desubicada en el tiempo presente. Y aunque el yo poético añora su regreso, es decir, el volver a encontrar él mismo su lugar en la existencia recuperando, así, la armonía («Nuevamente los bueyes pasarán por mi alma, y otra vez el silencio se posará como escarcha en los prados») el primer libro se cierra con la resignación ante esa imposibilidad: «espera en la distancia la vuelta ya imposible de los bueyes suicidados en el río». La nieve, el otro símbolo rotundo y estructurador, consolida su presencia en Memoria de la nieve. La nieve como memoria fugaz, la nieve como infancia, la nieve como lo intangible, la nieve como pasado y olvido. Nieve, pasado, memoria… palabras que inevitablemente nos llevan a La semilla en la nieve de Ángel Campos Pámpano.
En definitiva, nos encontramos ante dos libros clásicos de nuestro tiempo, donde resuenan, junto a los «cuernos epílogos que suenan en los bosques», ecos machadianos y gamonedianos (Descripción de la mentira)
Estas son algunas de las vetas de estos
versos, de este salmo individual y colectivo. Este quejido sereno e intemporal sobre
sobre nuestra existencia.
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