Reseño 'Extravíos' de Daniel Casado, en El Espejo


Daniel Casado, Extravíos, Ed. Mahalta, 2025.  

«Vestigio», el poema que abre el nuevo libro de Daniel Casado, funciona como una pieza de arqueología poética y metaliteraria. Adoptando el tono de una nota al pie futura, imagina un tiempo por venir en el que la lengua inglesa ha muerto y apenas quedan rastros de una civilización desaparecida. El único vestigio que sobrevive es un verso atribuido a Charles Simic, «Una piedra que flota», un oxímoron que condensa lo enigmático, lo imposible y lo poético. Con una mezcla de ironía y melancolía presenciamos la burla sutil a la fragilidad de la cultura y a la incertidumbre que rodea siempre la interpretación literaria (ni siquiera se puede confirmar si Simic era serbio), pero al mismo tiempo rinde homenaje a la persistencia del misterio poético, capaz de atravesar el colapso de las lenguas y de las civilizaciones. Así, el poema se convierte en una reflexión sobre la memoria, la poesía y la supervivencia del arte.

Me detengo en este texto inicial porque ya nos anuncia el deseo de su autor de hacer un cierto viraje respecto a su obra anterior, La lista Robinson, anclada en el mundo contemporáneo y con denuncias hacia el capitalismo deshumanizado, la pérdida de intimidad, los riesgos del avance tecnológico… Se aprecia, ahora, un deseo por hacer una obra más atemporal, centrada en la cultura, el arte, la historia… y eso lo podemos advertir tanto en la temática (baste señalar que la segunda parte del libro está dedicada a once obras maestras del arte) como en la forma, al recuperar estrofas tradicionales como el soneto o la décima.

Un libro que busca la intemporalidad, pero donde su autor no puede huir de su compromiso ético (lo vemos en «La punta del icerberg», con referencias a la inmigración, los refugiados o la pandemia). Un poema este que nos recuerda al célebre «Primero se llevaron a los judíos…» de Bertolt Brecht. Y hablando de ecos, hay una serie de poemas dedicados a lo sutil, donde la mirada del poeta se fija en una ortiga (hermoso poema) o una planta de interior o un puesto de libros viejos, lo que inevitablemente nos recuerda a las Odas elementales nerudianas o, quizás más justamente, a aquellos poemas de Rafael Morales a una chaqueta o al cubo de la basura de su Canción sobre el asfalto. Y también, como no, en el autorretrato «Milagros de un artista confinado» que es una suerte de evocación del quevediano «Definición del amor». No quiero olvidarme de la hermosa serie de haikus que se inserta con armonía dentro de este libro que, si bien está hecho de textos apátridas sin intención de continuidad, la personal voz poética lo dota de una innegable unidad: «La piedra oculta / el escorpión sagrado / que ha de salvarte».

Extravíos se cierra con un sabio cuestionamiento sobre la felicidad («esa palabra que todo lo empaña»), algo paradójico, al fin y al cabo, pues uno llega a esos versos finales ciertamente con una sutil y alegre reconciliación literaria y ética.







 

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