Luis Goytisolo
Ha muerto Luis Goytisolo. Todos los años mueren escritores que admiro y uno trata de contenerse para que este espacio no termine convertido en un cipresal. Pero hay algunas muertes que uno siente de otra manera. No solo porque desaparezca un autor al que ha leído durante años, sino porque con él parece extinguirse una determinada manera de entender la literatura y de estar en el mundo.
Para mí, Luis
Goytisolo representaba precisamente eso: la figura del intelectual discreto,
ajeno a la sociedad del espectáculo, entregado con una austeridad casi
obstinada a su trabajo. Nunca dio la impresión de querer ocupar el centro de la
escena. Prefería permanecer en el lugar donde de verdad sucede la literatura:
la mesa de trabajo. Y esa actitud, en un tiempo tan ruidoso como el nuestro, me
ha parecido siempre profundamente ejemplar.
Una forma de habitar la literatura en peligro de extinción hecha de silencio,
rigor y dignidad.
Lo vi por última vez
una tarde de noviembre de 2012. Daba una charla en el Círculo de Bellas Artes
de Madrid. Llovía y el salón estaba mucho menos concurrido de lo que yo
esperaba. Yo acababa de leer Antagonía, en aquella edición monumental de
más de mil páginas que ahora mismo descansa a mi lado mientras escribo estas
líneas. De vez en cuando vuelvo a abrir el volumen por la primera página, donde
permanece su dedicatoria. Me detengo en aquella letra redonda, firme, casi
artesanal, la letra de alguien que entendía la escritura como un oficio antes
que como una profesión. Después miro su firma. Su apellido. Un apellido que,
para quienes amamos la literatura española, contiene toda una tradición y
también una historia familiar llena de luces y de sombras.
Hace unas semanas le
comentaba al poeta Javier Rodríguez Marcos cuál es el edificio en el que suelo
alojarme cuando viajo a Madrid. Me respondió que él había estado una vez allí,
en la planta dieciséis, visitando a Luis Goytisolo.
Desde entonces, cada
vez que entro en ese ascensor y veo subir lentamente los números, no puedo
evitar imaginar que, hace no tantos años, él hacía el mismo recorrido. Me lo
imagino en silencio, con esa expresión sobria que conservó hasta el final, con
sus ojos atravesando el espejo.
Dentro de unas semanas
volveré a Madrid. Y sé que cuando el ascensor anuncie la planta dieciséis
pensaré en él. Y recordaré aquellas palabras que tanto me emocionaron: «Para
anunciarles, señores, este hombre ha fallecido».
DEP

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